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La expansión de los imperios europeos y las independencias de América.

Una breve introducción.

El fenómeno imperialista o, lo que es lo mismo, el colonialismo desarrollado por las potencias –en este caso, europeas- a lo largo de la Historia bien podría considerarse no fenecido si atendemos a las actuales relaciones entre el mundo desarrollado –llámesele así, o Primer Mundo, o Norte- y los países del Sur –también subdesarrollados, del Tercer Mundo, o, eufemísticamente, ‘en vías de desarrollo’.

De hecho, y en relación con la Historia del mundo europeo u occidental respecto del resto del planeta, seguramente lo que ha venido sucediéndose a lo largo de los últimos cinco siglos no ha sido sino una mutación en las formas de dominación de unos países por otros, al igual que ha habido una clara sucesión en los actores principales de ésta manifestación, que han pasado de ser las potencias militares y/o comerciales europeas (España, Portugal y Holanda; posteriormente sustituidas por Gran Bretaña y Francia) a los nuevos imperios económicos (los Estados Unidos de América y China) pasando por una fase intermedia en la que podría hablarse, incluso, de una cierta marca ideológica en la formación de las áreas de influencia ‘neocolonial’ (así, por ejemplo, en lo referente a la ya extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, fundamentalmente tras la II Guerra Mundial y durante la denominada Guerra Fría).

No obstante esta idea de continuidad del fenómeno que se aborda, si que, sin embargo, puede aludirse a la descolonización como un fenómeno temporalmente determinado, tal y como, de hecho, realizan los historiadores cuya obra se ha consultado, razón por la cual quedan para un segundo post las reflexiones acerca del colonialismo y el proceso de descolonización.

La génesis de los grandes imperios europeos en la Edad Moderna.

Prescindiendo, obviamente, de cualquier mención a los grandes imperios de la antigüedad (Roma, la Grecia alejandrina), lo mismo que de referencias a los grandes imperios del Extremo Oriente (China) o de la América precolombina (incas, mayas o aztecas), podría hacerse mención, siquiera somera, del origen más o menos remoto del colonialismo europeo moderno y contemporáneo en el período de transición de la Baja Edad Media a la Edad Moderna.

800px-colonisation_1754.png(*)

La paulatina conformación, consolidación y aceptación de las fronteras de los nuevos Estados europeos es la que facilita que el esfuerzo bélico, desarrollado en estadios anteriores en el propio Viejo Continente, pase a una nueva fase, coincidente con los nuevos grandes descubrimientos, que exporta el potencial militar para la colonización de nuevas tierras supuestamente ignotas; así por ejemplo el Nuevo Mundo americano, las costas de África y el Índico, o el continente austral.

Teniendo en cuenta que Francia e Inglaterra se hallan sumidas en la Guerra de los Cien Años (1337-1453), arrastrando sus consecuencias largo tiempo, y gracias a la consolidación de la estructura de reinos en la Península Ibérica, surgen los dos primeros grandes imperios de esta época. Tras sucesivas intervenciones papales a favor de cada uno de estos países (Nicolás V y Alejandro VI –Alejandro Borgia-, respectivamente), Portugal y Castilla (más adelante, las Españas) pactan, sin la oposición de los demás países europeos, el reparto del globo en 1494, mediante la firma del Tratado de Tordesillas. Y así se van construyendo de Juan II a Juan IV de Braganza, en Portugal, y desde la época de la Reina Católica Isabel I de Castilla hasta la de Felipe II (transcurriendo por los reinados de Juana –y sus regencias- y del Emperador Carlos I), en España, los dos primeros imperios europeos modernos que extienden sus dominios a remotas áreas de ultramar. La definitiva separación de estas dos realidades, pese a los sucesivos intentos de la Corona española, se hace jurídica con la a su vez definitiva separación entre España y Portugal, en 1648, tras la firma de la Paz de Westfalia. Cabría aquí señalar, a modo de ejemplo sobre la vinculación que al inicio de esta breve recensión se hacía entre los imperios territoriales iniciales y los que posteriormente se desarrollan, el hecho de que el elemento de dominación económica mencionado tenía ya un exponente en la época en que Isabel la Católica autoriza, en 1501, la introducción de esclavos negros en América, al igual que lo fueron las explotaciones agrícolas, auríferas, ... en tierras americanas.

Del mismo modo que de los anteriores, podría hablarse algo más tarde de la expansión holandesa, aunque difiriera de las anteriores en no contar con tantas posesiones territoriales en ultramar y constituir básicamente una red de puntos para facilitar el tránsito de su flota y el intercambio comercial.

Para finalizar esta cuestión, quisiera no pasar por alto la expansión británica –también francesa y portuguesa- por tierras americanas (a principios de la Edad Moderna), así como la paulatina conformación y consolidación de un extensísimo Imperio Británico a lo largo y ancho del mundo con su presencia en África (con su intento de consolidar una franja de tierra bajo su dominio desde el Norte del continente hasta el África austral), Asia (India se convierte en la ‘joya de la Corona’) y Oceanía (las apenas pobladas Australia, Tasmania y Nueva Zelanda ven cómo se crea una nueva sociedad, con pobladores blancos europeos que importan sus usos, costumbres y leyes, que confina a un reducto testimonial a los anteriores moradores aborígenes).

Las independencias de América.

Mientras se va produciendo la consolidación del imperio británico y se dan los primeros pasos para la colonización masiva de Asia y África entre los países europeos, coincidiendo con la Revolución Industrial y el desarrollo de sus economías, la disgregación y pérdida para España de sus posesiones en América y Extremo Oriente es una realidad que no se puede frenar.

El poder militar de la metrópoli o el control por la misma de las estructuras administrativas de sus colonias van decreciendo, haciéndose cada vez más gravoso el mantenimiento de todo ello para la Corona española. La época en que los barcos repletos de oro, plata, gemas, productos agrícolas, ... llegan a los puertos españoles va dando a su fin. El tránsito comercial genera cada vez menos ingresos para el Estado.

Y, simultáneamente, se dan procesos que coadyuvan a incrementar los deseos de separación de las colonias. Así, la estructuración de unas clases sociales equivalentes a las de la metrópoli que no admiten fácilmente la toma de decisiones a miles de kilómetros y en función de intereses no siempre coincidentes, o los problemas y debilidades internas de la España peninsular (la Revolución Francesa marca gran parte de las mismas, pues se suceden, en el reinado de Carlos IV, la guerra contra la Convención francesa, guerra contra los ingleses y caída en el ámbito de influencia directa de la nueva República Francesa, repercusiones de la Revolución Americana y pérdida de la Florida y la Luisiana, invasión peninsular por parte de las tropas napoleónicas, Guerra de la Independencia, advenimiento del reinado de Fernando VII, disolución de las Cortes de Cádiz, derogación de la Constitución de 1812 y aplastamiento de las pretensiones liberales en pro de la instauración de un régimen absolutista, ...).

Tanta influencia como todo lo anterior tiene el surgimiento y consolidación de dos nuevas ideologías encarnadas en el Liberalismo y el Nacionalismo. Es un momento histórico marcado por las ideas de libertad individual, política y económica, igualdad jurídica y participación en las actividades políticas y de gobierno de los ciudadanos. Al tiempo, es el tiempo de la definición y homogeneización de los Estados como entidades nacionales unitarias, del Estado-Nación.

Todas estas circunstancias hacen que las sociedades americanas, en lo esencial gemelas de las europeas si atendemos a su estructura social dominante, busquen la separación de la metrópoli mediante su independencia en la mayor parte de los casos. Los Estados Unidos de América ya la habían conseguido en 1776 y, durante el primer cuarto del S. XIX, la mayor parte de América del Sur y Central, así como Méjico (que acaparará la mayor parte de las posesiones españolas en Norteamérica, incluidas Texas, Nuevo México y la Nueva España, que perderá luego frente a los EE.UU.), la van alcanzando: Colombia, en 1811 (aunque luego se desgajará para dar origen a la actual Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá); Chile, Argentina y Paraguay en la década de los diez; Méjico, Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil (de Portugal) en la de los años 20; los países centroamericanos, que inicialmente forman la República Unida de Centroamérica, poco tiempo después. Perdidas las anteriores, ya sólo quedan a España Cuba, Puerto Rico y Filipinas, posesiones que cederá a favor de los Estados Unidos, tras la Guerra Hispano-americana, mediante la firma del Tratado de París el 10 de Diciembre de 1898.

Mención aparte merecen las posesiones británicas en este mismo continente, pues mientras, como se ha mencionado, los EE.UU. adquieren su estatus de independencia mediante la confrontación bélica con los ejércitos realistas, en el caso del Canadá se inicia una vía que luego será la característica en la descolonización de todas las demás posesiones británicas hasta la actualidad (recientemente con la devolución, en 1997, de Hong Kong a la soberanía China o, en la década de los 80, con la independización de la Honduras Británica con el nombre de su capital, Belice). Como se acaba de comentar, el Dominio del Canadá obtiene una inicial autonomía administrativa en 1839, promulgando el Parlamento Británico en 1867 la North American Act, mediante la cual se concedía plena autonomía política a este país, que, formalmente, permanece vinculada a la figura de la Corona británica.

Las que fueran posesiones francesas en América, excepción hecha de algunas islas caribeñas, la isla noratlántica de Saint Pierre et Miquelon y la colonia continental de Guayana –todas ellas igualmente bajo soberanía francesa en la actualidad-, también pasan a formar parte de otras soberanías: la Luisiana que España le cediera un decenio antes es vendida a los Estados Unidos y Québec, junto con las provincias británicas, pasa finalmente a conformar el Canadá bajo una forma inicialmente confederal en lo jurídico.

Son personas relevantes durante estos procesos el General San Martín, el Libertador Simón Bolívar, Santa Anna, Thomas Jefferson, George Washington o Benjamín Franklin.

Notas.
(*) Imagen cedida para dominio público internacional por su autor Andrei Nacu.
http://commons.wikimedia.org/wiki/Image:Colonisation_1754.png

En el próximo post sobre este tema.

La descolonización de los territorios coloniales europeos.

Bibliografía.

CARPENTIER, Jean, y LEBRUN, François (1994 [2004]): Breve historia de Europa. Alianza Editorial. Madrid.

DUROSELLE, Jean-Baptiste (1990). Historia de los europeos. Aguilar de Ediciones, Madrid.

GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando (1994): Breve Historia de España. Alianza Editorial. Madrid.

KINDER, Herman, y HILGEMANN, Werner (1974): Atlas histórico mundial. Ediciones Istmo. Madrid.

VV.AA. (2001): La Historia y sus protagonistas, Ediciones Dolmen / Junta de Castilla y León. http://www.artehistoria.com/historia/contextos/

VILAR, Pierre (1984): Historia de España. Editorial Crítica. Barcelona.

VILLARES, Ramón, y BAHAMONDE, Ángel (2001): El Mundo Contemporáneo. Siglos XIX y XX. Taurus. Madrid.

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Comentarios(3) »

  1. NO SE — 16-04-2008 - 01:00:19 GMT 1

    MUY MAL

  2. Luis Pineda — 30-06-2009 - 20:13:12 GMT 1

    Todo esto no sale cuales som los imperios europeos nuevos que salieron de nuevo

  3. Luis Pineda — 30-06-2009 - 20:14:33 GMT 1

    Deberian de hacer más informacion sobre las nuevas cosas.

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