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El ámbito regional en la política comparada europea (III). Aproximación histórica.

Del mismo modo que las estructuras jurídico-políticas de los tres Estados objeto de estudio –a saber, Bélgica, Finlandia y España-, como se verá en los post siguientes, difieren entre sí, también su Historia es diversa. No cabe duda de que esta última ha condicionado el desarrollo y configuración de aquéllas, de forma que parece necesario hacer siquiera un mero repaso a las respectivas trayectorias históricas.

A pesar de que no se pretende ser exhaustivo, sino, simplemente, hacer mención de algunos hitos que nos puedan permitir una ubicación aproximada, si que entiendo importante dejar constancia previa de que, con Pierre Vilar, comparto la idea de que “la historia no es únicamente (...) la de los hombres que detentan el poder, (...) ni la de las ideas (...); debería ser también (...) la de las masas”, (Vilar, 1984: 10) así como, más allá de lo que desde una perspectiva metodológica claramente marxista afirma el mencionado autor, la de la relación de unos y otras con su entorno geopolítico, medioambiental, climático, económico, cultural, ... Son numerosos los cleavages o fracturas que inciden en la configuración de estos países en su forma actual, así como en sus evoluciones pretéritas y, previsiblemente, venideras (la cuestión nacional, las diferencias religiosas, lingüísticas o culturales, su ubicación geográfica y sus países vecinos, las clases sociales, ...). Finalmente, sería importante hacer hincapié en el proceso de mundialización o globalización, que tanto condiciona el mundo hoy.

Comenzando con Bélgica. ¿Un país que se disgrega?.

Hasta la revolución de 1830 y la proclamación de su Constitución de 1831, no existe Bélgica como Estado soberano, en la medida en que los anteriores momentos suponen su dependencia, en una época de grandes conflictos continentales, de los grandes imperios europeos y la subsunción de su territorio en el de los Países Bajos junto con Holanda y Luxemburgo. De esta manera, el intento de la última década del siglo XVIII, coincidiendo con las fechas posteriores a la Revolución francesa de 1789, en que las provincias del sur “se independizan de Austria, su administrador, y forman los Estados Belgas Unidos” (Cavero, 1996: 141), viene a solaparse con la expansión imperialista francesa que inicia la Convención en 1792 y que Napoleón I Bonaparte desarrolla en todo el continente. De hecho, en 1795 Bélgica es ocupada por Francia, por una Convención que “declara que ‘otorgará fraternidad y ayuda a todos los pueblos que quieran reconquistar su libertad’” (Carpentier, 1998: 346), con lo que queda bajo su órbita hasta que, con el Congreso de Viena de 1815, a la caída del Imperio Napoleónico, vuelve a ser integrada en el Reino Unido de los Países Bajos.

El éxito revolucionario que desemboca en la independencia de Bélgica podría enmarcarse en la explosión de los valores románticos y modernizadores que hacen que, en esta primera mitad del siglo XIX, Europa se vea sacudida “por la doble reivindicación liberal y nacional, incluso a veces por la reivindicación social” (Carpentier, 1998: 372). Ahora bien, el elemento que más solidez da a la reivindicación de una entidad política independiente para los belgas se reconoce en la fractura religiosa que, frente a los dominadores protestantes del norte, aglutina a una mayoría de católicos en el sur del reino que se divide. Esta circunstancia, unida a la presencia de una confrontación básica entre católicos y liberales –contrarios a la influencia política de la religión- en las propias provincias belgas, propician que la independencia de Bélgica implique su construcción como Monarquía constitucional de corte liberal, afirmándose las libertades fundamentales, el principio de separación de poderes, las instituciones representativas y el Estado de Derecho, caracterizándose, en su configuración práctica, como un Estado unitario. No obstante, debe quedar claro que la influencia de la Iglesia fue lo bastante importante como para que, incluso hasta el día de hoy, “los partidos católicos desempeñen un gran papel en la vida política. Condenando de forma paralela tanto el socialismo como el liberalismo, la Iglesia católica intenta proponer una tercera vía, el corporativismo” (Carpentier, 1998: 437).

El proceso de creación del Estado belga independiente coincide, además, con una notable industrialización del país. Tan es así que Pollard, respecto al desarrollo de la industria, sitúa a Bélgica en el núcleo de los que denomina first comers. Más aún, “del grupo de países continentales de industrialización más precoz Bélgica es el país que, gracias a sus recursos energéticos y a su privilegiada posición geográfica, en el centro de una gran región industrial franco–alemana, logra un nivel más rápido de industrialización” (Villares, 2001: 33-34).

Pero en cualquier caso, no debe olvidarse la influencia de las situaciones de conflicto entre las grandes potencias europeas, que se prolongarán, de una u otra forma, hasta la última Gran Guerra entre 1939 y 1945, y que viene a condicionar en diversos momentos y formas la Historia belga. De esta manera, Bélgica entra en la escena de la I Guerra Mundial al ser invadida en una maniobra en la que Alemania, aliada de Austria, pretendía enfrentarse a Francia, aliada a su vez de Rusia; el mero hecho de esta ocupación es lo que, por su parte, motiva la declaración de guerra de Gran Bretaña a Alemania. Y Bélgica se convierte en uno de los escenarios de la cruel guerra, en la que se ve obligada a entrar, de la mano de las potencias aliadas. Tras el armisticio de 1919 y el Tratado de Versalles, Bélgica recobra su soberanía. Una situación similar se produce en la II Guerra Mundial, en la que Bélgica queda sometida, a lo largo de un quinquenio y hasta su liberación, a la administración directa de los representantes del Estado hitleriano alemán.

Nuevos hitos trascendentales en la Historia de Bélgica y, junto con ella, de Europa, fueron los Tratados de París de 1951 y de Roma de 1957, así como los Acuerdos de Londres y París de 1954, gracias a todos los cuales, con la presencia fundacional del Estado belga, se inició el andar de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, de la Comunidad Económica Europea y de la Unión Europea Occidental –organización de carácter militar-, de manera que “una Comisión europea se instalaba en Bruselas como esbozo de un poder supranacional” (Carpentier, 1998: 572).

Obviamente, la fractura lingüístico–cultural tiene también una notable importancia a lo largo de toda la Historia de Bélgica. No en vano, ya “a partir de 1840 surge (...) el Movimiento Flamenco” (Cavero, 1996: 142). Ello coadyuva a que se produzca una enorme transformación de las estructuras jurídico–políticas de Bélgica, sobre todo a partir de la década de 1960, momento en que el predominio francófono o valón desaparece para dar paso a la preponderancia del grupo flamenco o de lengua neerlandesa, que supera demográficamente al primero, pasando a ser igualmente su región la económicamente dominante. De hecho, el proceso de regionalización, primero, y de fuerte federalización, posteriormente, tiene que ver con este hecho. Así, tal y como señala Colomer, “se puede concluir que hasta 1960 estas dos fracturas (se refiere a la religiosa y a la dimensión izquierda-derecha) y las ideologías conexas dominaron la vida política y en gran medida las evoluciones electorales. Sólo entonces en Bélgica una tercera fractura se politizó: la fractura lengua-territorio, que más o menos tiende a eclipsar a las anteriores” (Colomer, 1995: 255).

La evolución del Estado belga creado en 1830/1831 refleja bien a las claras la existencia de comunidades lingüísticas y culturales diferenciadas, comunidades que, por otro lado, sentían una mayor identificación con otras limítrofes al Este, al Sur o al Oeste que entre ellas mismas. Si bien en los inicios de la Historia de este país se produjo, como se ha señalado, un evidente predominio de una de las comunidades -la francesa- sobre las otras, la presión continua de Flandes en reivindicar derechos para sí ha devenido en una rápida evolución hacia la regionalización en una primera fase, mediante las reformas constitucionales de 1970 y 1980, y hacia una fuerte federalización en una segunda, acompañando a las anteriores reformas con otras varias a partir de 1988 y la promulgación de una nueva Constitución en 1994 (a su vez enmendada en 1996, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001 y 2002). Lo que inicialmente fuera un Estado unitario se ha convertido, en el transcurso de siglo y medio, en un Estado formalmente federal, aunque, en la praxis, entiendo que en algo con una inercia tendente a hacia la confederación.

Finalmente, no se debe olvidar el papel de Bélgica como potencia media colonial hasta, curiosamente, esa misma década de los años 1960, momento en que llega a su fin casi un siglo colonización en extensos territorios de África. Desde que, en 1876, Leopoldo II fundara la Asociación Internacional del Congo y, en 1885, la Conferencia de Berlín le entregara “a título personal, el Estado libre del Congo, que colonizó y explotó durante varios decenios” (Villares, 2001: 157), Bélgica obtuvo (directamente ya desde la donación de la colonia al Estado en 1906) enormes réditos de su presencia en África, lo que se plasmó, al igual que en el resto de las potencias coloniales europeas, en niveles de desarrollo, empleo y bienestar social que difícilmente se hubieran alcanzado de otro modo. Bélgica abandonó el Congo al observar los crecientes desordenes públicos surgidos hacia 1959, haciéndolo de una forma tan desordenada que hasta la actualidad se han perpetuado los conflictos internos en el citado país.

Finlandia. El país que dio nombre a una forma de desenvolverse en la escena internacional: ‘la finlandización’.

Finlandia es un país cuyo desarrollo histórico ha venido condicionado por su ubicación geográfica periférica respecto de los grandes centros de decisión europeos, así como por la presencia en su entorno de grandes potencias e imperios que la han sometido a dominación durante largos siglos o, desde su independencia formal en 1917, han condicionado su capacidad de desenvolverse libremente en la escena internacional. Es precisamente esta circunstancia la que, tras la II Guerra Mundial, ha dado lugar a la expresión ‘finlandización’, que no es otra cosa que “una situación caracterizada por el mantenimiento de su condición de Estado soberano, pero neutralizado militarmente y a merced de la URSS” (Alcántara, 2000: 183).

Así, este poco poblado país estuvo incorporado al Reino de Suecia desde el inicio del segundo milenio hasta la época de las guerras napoleónicas, en 1809, cuando “se convirtió en un Gran Ducado autónomo anexionado a Rusia” (Alcántara, 2000: 182), circunstancia ésta que será ratificada por el Tratado de Versalles de 1815. Sin embargo, a pesar del sometimiento formal al imperio zarista y debido fundamentalmente a que “Suecia dejó un importante legado cultural en leyes, sistema social, religión luterana e instituciones” (Alcántara, 1998: 182), Finlandia mantuvo tanto su Parlamento como sus leyes durante este período de autonomía en Rusia.

Paulatinamente, el supracitado movimiento romántico llega también a estas latitudes que lo acoge con fuerza en lo que supone un resurgimiento de la conciencia identitaria finlandesa. Así se da un resurgimiento de la lengua finesa y surgen manifestaciones de carácter cultural y artístico reivindicativas que en Finlandia darán lugar a lo que se ha dado en llamar ‘la Edad de Oro’: la arquitectura de Saarinen y Lindqvist, la recuperación de la epopeya nacional finlandesa ‘Kalevala’, o “la figura central de las artes plásticas y de las artes aplicadas (...) Akseli Gallen-Kallela” (Fahr-Becker, 1996: 294) son exponentes de la misma, al igual que lo es ‘El grito’, de Edvard Munch, en la vecina Noruega. Tal fue la efervescencia romántico nacionalista que se dio origen a un movimiento artístico con nombre propio en el seno del modernismo, el ‘carelianismo’, pues “al igual que los pintores, los arquitectos buscaron en (la región de) Carelia introducir en su estilo los elementos originarios y no corrompidos de la cultura finlandesa” (Fahr-Becker, 1996: 297-298).

Como es de suponer, estas expresiones nacionalistas en el arte tienen su correlato en la política. Así, ya en 1905, año también de la independencia de Noruega respecto de Dinamarca, se producen los primeros levantamientos fineses frente al dominio zarista. Todas las diferencias que la alejaban de Rusia y los elementos de afirmación de la identidad nacional, unidos a las convulsiones interiores de Rusia (Guerra ruso-japonesa de 1904-1905, revueltas por hambre de 1905 y represiones subsiguientes, sometimiento cuasifeudal del campesinado a grandes terratenientes, agitación social, ...), propiciaron unos años, las dos primeras décadas del siglo XX, período convulso en toda Europa y, especialmente, en Rusia, en los que se inicia un camino sin retorno hacia la independencia de Finlandia, que se producirá en 1917, si bien habrá de acontecer una guerra civil para la efectiva proclamación de la República y la promulgación de su primera Constitución verdaderamente independiente en 1919.

Con intentos fascistas de acercamiento a Alemania y un fallido “golpe de Estado, (...) Finlandia logró mantener su democracia y el modelo escandinavo de neutralidad hasta 1939” (Alcántara, 1998: 182), fecha en la que se firma en Moscú el ‘Pacto germano-soviético de No Agresión’ entre Molotov y von Ribbentrop, cuyo protocolo secreto “concluía en un verdadero reparto de la Europa oriental entre los dos cosignatarios” (Carpentier, 1998: 538) y dejaba a Finlandia en el área de influencia soviética y a merced de la URSS, que la invadió “ante la negativa de Finlandia a aceptar las rectificaciones fronterizas exigidas, (...) obligando a los finlandeses a alejar su frontera hacia el oeste cediendo Vyborg e importantes territorios en Laponia y en la región de Murmansk” (Carpentier, 1998: 540-541). La guerra supuso, al finalizar, la pérdida de Carelia, limitaciones militares y el pago de indemnizaciones a la Unión Soviética y, como consecuencia más notable en el tiempo, la anteriormente señalada ‘finlandización’.

En lo sucesivo, Finlandia, que queda por cierto tiempo en la órbita de la URSS, inicia una senda de afirmación de su neutralidad en lo militar, para, con el devenir de los años, acercarse a los países ricos de Europa mediante su incorporación, en 1961, a “la EFTA (European Free Trade Association, Asociación Europea de Libre Comercio), cuya estructura integradora era mucho menos compacta que la de la CEE” (Villares, 2001: 367) y en cuyo seno habitaban igualmente los restantes países escandinavos junto con Suiza, Austria, el Reino Unido y Portugal.

Tras la caída del Muro de Berlín, el 9 de Noviembre de 1989, y el desmoronamiento del bloque soviético, Finlandia se desprendió de la sombra de la URSS, incorporándose finalmente a la Unión Europea en 1995.

Abordando aquí las características básicas de la sociedad finlandesa, Jaakko Nousiainen considera que “en Finlandia ha sido un elemento afortunado para el desarrollo de una sociedad igualitaria y de un estado democrático el que la nación siempre haya tenido una estructura relativamente homogénea, sin esos contrastes étnicos, culturales, religiosos y lingüísticos (...). La controversia entre los grupos de idioma finlandés y sueco (...) el país fue capaz de encauzarla relativamente temprano en un problema de minorías, que se resolvió exitosamente y cuya significación política ha sido durante ya más de medio siglo bastante escasa. La división de clases basadas en una posición socioeconómica, en cambio, ha sido en la sociedad finlandesa bastante abrupta y políticamente importante” (Nousiainen, 0000). Este último aspecto, que, no obstante, se ha desactivado con la paulatina amortización del clasismo a partir de la segunda mitad del siglo XX, fue tan acendrado que desembocó en una guerra civil de dos años tras la independencia de Rusia. Quizás quedara aquí por analizar, a pesar de todo, el lugar que ocupa la otra pequeñísima minoría étnica que vive en parte en Finlandia y a la que este autor no hace referencia: los samis.

Por lo demás, la sociedad y la política finlandesas se caracterizarían por el multipartidismo y la dificultad de alcanzar mayorías parlamentarias estables –se da una notable facilidad para constituir agrupaciones políticas y, debido al régimen electoral, incluso para obtener representación parlamentaria-, lo que conlleva aparejada una tendencia a la configuración de coaliciones de gobierno sobredimensionadas (como se ha anotado anteriormente).

Finalmente cabría reseñar el importante rol que desempeñan las ‘corporaciones’, bien sean sindicatos, asociaciones empresariales, ... en la política y, a su vez, en la determinación de las políticas públicas en Finlandia.

España. Del ‘furgón de cola’ a la ‘modernidad’ en menos de 50 años.

El caso de España es notablemente diferente a los dos anteriores, en la medida en que ha participado de la política europea moderna en primera línea, quedando sin embargo rezagada, desde el principio, en la configuración de la Europa contemporánea e incorporándose al concierto europeo e internacional plenamente tan sólo en los últimos 30 años.

La configuración de España como entidad completa e independiente podría ubicarse ya en el final del siglo XV y el principio del XVI, con la reunión de reinos y territorios peninsulares, bajo una misma Corona, en el momento en que los Reinos de Granada (en 1492) y de Navarra (definitivamente en 1514) son conquistados. Ahora bien, la unificación de los mismos en lo que efectivamente podría considerarse Estado en sentido moderno se produce bastante más adelante, teniendo como hitos los Decretos de Nueva Planta de Felipe V a comienzos de los 1700 (tras la Guerra de Sucesión), por los que los territorios de la antigua Corona de Aragón pasaban a ser lo que se conoció como España asimilada (en el sentido de que perdían el rastro de sus propios Fueros para ser incorporados al Derecho común castellano), y, en lo que respecta a las provincias vasco-navarras, los Leyes abolitorias de los Fueros emanadas tras las Guerras Carlistas acaecidas en el siglo XIX (verdaderas guerras civiles españolas que, aunque originaron un nuevo sistema especial de concertación tributaria para las cuatro provincias, supusieron la incorporación de las mismas a la España constitucional).

En el transcurso de los últimos dos siglos, la política española se ha visto cuajada de guerras civiles (las ya citadas carlistas y la de 1936 a 1939), de asonadas militares, de vaivenes entre la modernización y la reacción, saliendo vencedora casi siempre esta última. Así, desde que, con la expulsión de las tropas napoleónicas de España se promulga la Constitución liberal de Cádiz de 1812, si hacemos excepción de los interines conformados, en parte, por la época isabelina, la I República, las monarquías constitucionales habidas en los reinados de Amadeo de Saboya, Alfonso XII y Alfonso XIII (tan sólo en parte), la II República y el actual período de Democracia que se ha consolidado tras la muerte del dictador en 1975, la Historia contemporánea de España ha sido un cúmulo de momentos de Monarquía absolutista (a.e, Fernando VII) y Dictaduras autoritarias / totalitarias (a.e., las de Primo de Rivera y Francisco Franco), intercalados de períodos de libertades casi siempre relativas y puestas en solfa por la confrontación casi permanente entre fuerzas liberales y conservadoras, a las que se unirán, ya a finales del siglo XIX y principios del XX, las tensiones entre los nacionalismos y regionalismos periféricos y el Estado central, o la fractura originada en la lucha de clases (que tendrá una notable presencia, a diferencia de otros países de Europa, de la ideología anarquista) o, por su parte, el determinante papel desempeñado por la Iglesia católica. Como se puede apreciar de lo expuesto, los cleavages principales en España han sido tradicionalmente la fractura centro / periferia y la fractura izquierda / derecha, si bien la dimensión religiosa ha jugado un papel muy importante.

En el panorama descrito, sin embargo, hubo algunos momentos en que el liberalismo y la Democracia parecían sobreponerse a las fuerzas conservadoras y el golpismo militar. “Las ideas progresistas parecieron imponerse tras la Revolución de 1868 (... y) en la I República (1873) se planteó un proyecto de Constitución federal” (Aja, 1999 [2003]: 57).

Por otro lado, no debe desdeñarse la importancia que tiene la pérdida paulatina de las posesiones ultramarinas y el desmembramiento del que fuera el bastísimo imperio español, que lastró la política y la economía peninsulares e implicó muchas otras guerras a lo largo de todo el XIX, hasta las pérdidas de las últimas posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la Guerra hispano-norteamericana de 1898. Con posterioridad, España apenas si tuvo influencia colonial en los núcleos de Ifni, el Sahara, Río de Oro, Guinea Ecuatorial o la época del Protectorado franco-español sobre Marruecos. Según lo que se describe, también la existencia de una fractura metrópoli – colonias habría marcado a España.

Otro elemento característico de la Historia de España viene a ser la tardía y escasísima industrialización, que apenas hace acto de presencia salvo en algunos puntos concretos del País Vasco, de Asturias y de Cataluña, lo que la convierte en un país atrasado que tan sólo a partir de la década de 1960 empieza a observar un cierto despegue económico, gracias fundamentalmente al turismo y a los servicios.

En definitiva, si hubiera que caracterizar la España anterior a los últimos 40 años, habría que hablar de un país atrasado, principalmente rural y agrario, aislado geográfica y políticamente de los centros de decisión europeos e internacionales así como de sus instituciones representativas, sin las más básicas libertades democráticas y sometido al control autoritario de un dictador que en “los cuarenta años de franquismo llevaron al extremo la centralización del Estado” (Aja, 1999 [2003]: 59).

No obstante este deplorable panorama, el cambio acontecido en los últimos 30 años ha hecho de España una de las economías más dinámicas de la Europa comunitaria, a la que se incorporó en 1986, especulándose incluso en su momento con que era ya la séptima potencia económica del mundo (lo que le habría dado un teórico derecho a sustituir a Canadá en el seno del G7), con crecimientos económicos superiores a los de los otros Estados miembros de la Unión Europea, mayor creación de empleo, notables procesos inmigratorios, etcétera. El desarrollo habido en este aspecto viene acompañado de transformaciones sociales, dado que se ha generado un cierto estado de bienestar, con protecciones básicas que nunca antes habían existido (sanidad gratuita y universal, educación, sistema de pensiones consolidado y amplio, cierta protección al desempleo, ...).

Por último, se ha transformado también radicalmente el sistema político, que de un régimen autoritario ha pasado a ser una democracia en algunos aspectos más avanzada que las de sus países vecinos (reconocimiento de matrimonios entre personas del mismo sexo o leyes tendentes a instaurar la paridad de sexos en las instituciones políticas, por ejemplo). Acompaña a esto último el avance en la descentralización del Estado, que está viviendo una etapa de profundización autonomista en los últimos años con nuevas revisiones en los Estatutos de Autonomía de las Comunidades de la vía rápida que mantenían sus normas estatutarias primeras inalteradas (la Comunidad Foral de Navarra en 2001, la Comunidad Autónoma Valenciana en 2005, Cataluña en 2006, Aragón en 2007), a añadir a la que hay en marcha para Andalucía y la de Galicia (que ha sido aplazada por falta de consenso suficiente en la propia región), o la rechazada propuesta impulsada por el Lehendakari Ibarretxe para Euskadi. Las restantes Comunidades Autónomas ya habían visto reformadas sus normas básicas en un proceso de homogeneización progresivo que recibió la denominación coloquial de ‘café para todos’.

En el próximo post.

El caso de Bélgica.

Bibliografía.

AJA, Eliseo (1999 [2003]): El Estado autonómico. Federalismo y hechos diferenciales. Madrid. Alianza.

ALCÁNTARA SÁEZ, Manuel (Ed.) (2000): Sistemas políticos de la Unión Europea. Valencia. Tirant lo Blanch.

CARPENTIER, Jean, y LEBRUN, François (1998): Breve historia de Europa. Madrid. Alianza.

CAVERO LATAILLADE, Iñigo, y ZAMORA RODRÍGUEZ, Tomás (1996): Los sistemas políticos. Madrid. Universitas.

COLOMER, Josep María (1995): La política en Europa. Introducción a las instituciones de quince países. Barcelona. Ariel.

FAHR-BECKER, Gabriele (1996): El modernismo. Köln. Könemann.

NOUSIAINEN, Jaakko (0000): La nueva Constitución de Finlandia: de un régimen mixto al parlamentarismo. Ministerio de Justicia de Finlandia. Publicación electrónica. http://www.om.fi/tulostus/3903.htm

VILAR, Pierre (1978 [1984]): Historia de España. Barcelona, Editorial Crítica.

VILLARES, Ramón, y BAHAMONDE, Ángel (2001): El mundo contemporáneo. Siglos XIX y XX. Madrid. Taurus.

Webs de interés.

Unión Europea: http://europa.eu

Council of Europe: http://www.coe.int

Assembly of European Regions: http://www.a-e-r.org

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