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Libros: 'Ecología y Democracia'.

Título: ‘Democracy & Green Political Thought. Sustainability, Rights and Citizenship’.
Autores: Brian Doherty y Marius De Geus (compiladores).
Editorial: Routledge.
I.S.B.N.:
04-151-4412-4 

 

La compilación de Doherty y De Geus gira en torno a tres partes diferenciadas. En la primera, intitulada ‘El discurso del movimiento verde’, se aborda el discurso del mismo a través de tres de sus elementos de preocupación y debate distintivos o caracterizadores, a saber, en primer lugar, la relación con la comunidad (como ámbito de desarrollo social, político, económico, ...), posteriormente, la profesión de la no-violencia como filosofía de vida (o, en su caso, como táctica política), y, por último, las cooperativas de trabajadores (como supuestos mecanismo de adecuación ecológica de la economía). Michael Kenny, Brian Doherty y Neil Carter son los autores que aportan sus opiniones y reflexiones. 

Por lo que respecta a la parte II, ‘Política verde y teoría democrática’, cabría decir que, si en la primera parte se abordaba el pensamiento verde a través de tres de sus ideas, en esta segunda lo que se procura es, como el enunciado del epígrafe indica, analizar la relación existente entre política verde y democracia, o, en su caso, si la hay, para lo cual se recurre a textos de Michael Saward, Mike Mills y John Barry. 

Las instituciones de una democracia verde’ constituyen la tercera y última parte. Si bien hasta este momento se abordan tanto el discurso general del movimiento verde en alguno de sus aspectos más definitorios (comunidad, no-violencia y economía cooperativa), como la relación entre política verde y teoría democrática en un plano más bien filosófico, en esta tercera parte se realiza ya una aproximación a las instituciones que deberían componer esa democracia verde que se preconiza. Andrew Dobson, Peter Christoff, Wouter Achterberg, De Geus y Robyn Eckersley exponen sus puntos de vista. 

Algunas reflexiones personales. 

Brevemente, y sin profundizar en los contenidos de este interesante libro, lo que no descarto hacer en posts sucesivos, quisiera plasmar desde este mismo momento mi idea de que no sólo las y los verdes pueden ser demócratas, sino que, más bien, la democracia se convierte en una prescripción ética para cualquier persona que se reclame de la ecología política. Así, no cabrá plantearse si la democracia es un obstáculo o una oportunidad para las y los verdes, puesto que, antes que nada, se convierte en una obligación. Pero es que, además, ‘hacer de la sostenibilidad una práctica y un valor social coordinador no puede dejarse en manos de ‘especialistas’ en tanto no es simplemente una cuestión de pericia sino, fundamentalmente, de consideración ética’. 

Sostenibilidad y democracia están necesariamente unidas, dado que, como John Barry explica: ‘Como principio, la sostenibilidad no trae consigo las normas para su implementación. (...) ¿Hasta dónde en el futuro debemos mirar? (...) ¿Qué sacrificios se exigen?. Tales preguntas no pueden ser respondidas científica o metafísicamente (es decir, ser dadas de forma objetiva), sino que, dado su contenido normativo, sólo pueden ser articuladas políticamente (o sea, creadas intersubjetivamente). Y por razones tradicionales podemos afirmar que este proceso político debería ser democrático’. 

En consecuencia, e hilando con lo anterior, si pretendemos ser rigurosos, el nombre de ‘verde’ sólo será aplicable a quienes cumplan, entre otros muchos y diversos, el anterior requisito. Es decir, las y los verdes (ecologistas políticos) habrán de ser necesariamente demócratas. Lo demás serán ambientalistas, conservacionistas, o como quiera que se les pueda denominar, pero no verdes en sentido estricto o, por lo menos, ecologistas políticos. Andrew Dobson hace una interesante teorización en torno a la necesidad de separar ‘ambientalismo’ y ‘ecologismo’. Incluso, llega a afirmar que ‘medioambientalismo y ecologismo son suficientemente diferentes como para convertir su confusión en un serio error intelectual, tanto en el contexto de la consideración del ecologismo como una ideología política como en el marco de una cuidadosa presentación del radical desafío verde al consenso político, económico y social que domina el final del siglo XX’. El ambientalismo podría constituir, incluso, el mayor peligro para el ecologismo político, puesto que, reivindicándose idéntico, tan sólo busca determinados fines que no colman la globalidad de la ideología verde, albergando, eso sí, compatibilidad con mecanismos y fines absolutamente contrarios a las bases propias de la ecología política, cual podría ser, por poner un ejemplo, un gobierno de tipo totalitario. 

Es desde esta idea central de identificación de la democracia como uno de los pilares básicos de la ecología política desde la que se parte. 

Democracia y pensamiento verde como filosofías. 

A lo largo del texto sometido a estudio se pueden observar posturas diversas en torno a la relación existente -o inexistente, según autores- entre democracia y pensamiento verde. 

Desde quien, como Robyn Eckersley, cree que la democracia es, en sí misma, un principio propio de lo verde, asignándole un valor inherente y autónomo; o el ya citado Andrew Dobson, que combina el argumento anterior con el ‘argumento de las precondiciones’ de John Dryzek, para el cual la supervivencia de este principio básico verde -la democracia- vendrá asegurada mediante la articulación de unos mecanismos de protección y perpetuación de la misma, lo que exige de unas condiciones ambientales previas determinadas; o, en esta misma órbita, Mike Mills, que sencillamente afirma ‘democracy (...) is, indeed, absolutely central to green political theory’; hasta autores como Michael Saward, que duda de la cualidad democrática de las y los verdes (a los que constantemente mezcla con defensores de posturas conservacionistas) y defiende la posibilidad de crear una especie de liberalismo ambientalizado; o teóricos como Hardin y Ophuls, que consideran que la gravedad y urgencia de los imperativos ambientales podrían dar lugar a la necesidad de adoptar medidas de corte autoritario (o, si se prefiere, ecofascista). 

Es por ello que he considerado necesario realizar una aproximación teórica separada, breve siquiera, a los dos conceptos fundamentales en torno a los cuales gira todo el contenido de este libro. 

Democracia. 

Parece algo indubitado que la democracia (para evitar discusiones sobre el grado de participación que le confiere a un régimen político su etiqueta de democrático) bien pudiera ser calificada como una poliarquía, es decir, el gobierno de muchos. Hay incluso quienes, como Schumpeter, desde su pensamiento conservador, consideran misión fundamental de la democracia la designación periódica de unas élites dirigentes, ampliando el concepto de democracia hasta lo que en la clasificación clásica aristotélica de las formas de gobierno se denominaba aristocracia. 

Para caracterizar la democracia podríamos acudir al reputado Giovanni di Sartori, para quien ‘hoy la ‘democracia’ es una abreviación que significa liberal-democracia’ y que, igualmente, afirma que ‘la única democracia que existe y que merece ese nombre es la democracia liberal’. Acto seguido, procede este autor a aclarar que ‘el liberalismo, un sistema político, no es el librecambismo, un sistema económico’ y que ‘en el Estado democrático-liberal’ -primero democrático y después liberal (constitucional)- ‘el poder popular prevalece sobre el poder limitado’ (del Estado). A pesar de ello, este autor encuentra un vínculo, un nexo de unión, al considerar que si bien ‘el mercado no proporciona democracia’, sin embargo, probablemente, ‘la democracia postula el mercado (...) en términos de optimización, quizás no en términos de necesidad’. 

Frente a estas afirmaciones, podría oponerse la orientación que, desde una óptica marxista, discierne entre derechos y libertades formales, que no serían otros que aquellos que la democracia liberal proporciona, y derechos y libertades materiales, que constituirían un prius de igualdad real y sin los cuales resultaría irrisorio pretender hacer creer que la democracia existe. 

Pensamiento político verde (ecologismo). 

Si una ideología se caracteriza por ‘ser un conjunto coherente de ideas, creencias y prejuicios relacionados entre sí que (...) pretenden influir de manera general sobre la organización y el ejercicio del poder en una sociedad’ y, además, ‘se basa en una doble convicción: por un lado, que el mundo existente en el momento de su formulación responde a unas relaciones sociales y políticas determinadas; y, por otro, que dicho orden debe modificarse’, entonces, no cabe duda: la ecología política (ecologismo) es una ideología. 

Además, cuando supra he citado a Andrew Dobson para apoyar la distinción entre ecologismo y ambientalismo ha sido fundamentalmente porque, como él, considero que la confusión entre ambos puede constituirse en el peor de los enemigos para la ecología política como ideología. Y algo de esto se intuye cuando acudimos a los textos de diversos autores, fundamentalmente de quienes pretenden enfrentarse -en muchas ocasiones para desacreditarlas- a las descripciones de la ecología política y a sus correspondientes prescripciones éticas y políticas. 

Al consultar la definición que del concepto ‘ecologismo’ ofrece Ignacio Molina, podemos comprobar que él mismo menciona que esta ideología, por otro lado fuertemente vinculada a los valores post-materiales, que ‘proclama la interconexión de toda la naturaleza, (...) contrasta con el antropocentrismo predicado por el liberalismo clásico’, razón por la que ‘se le ha conectado con el conservadurismo organicista’. Aunque Ignacio Molina olvida citar otros aspectos propios del ecologismo como, por ejemplo, la profesión de la no-violencia o la defensa a ultranza de la democracia, sin embargo sí pone el dedo en la llaga al hacer la última de las observaciones del entrecomillado. Ahora bien, de una manera precisa y contundente, corrige Francisco Garrido Peña a quienes se aferran a esta crítica al afirmar que ‘yerra, y gravemente, quien ve en la Ecología Política (...) una supeditación a la biología, a la etología y a las ciencias físicas en general. Eso sería incurrir en la falacia naturalista. Desconocer que la biología, la física o la geología no son parte de la ‘naturaleza’, sino del sistema social. (...) La distinción tajante y radical entre ciencias físicas y sociales está recusada por el paradigma ecológico’. El propio Molina reconoce que el ‘ecologismo se ha plasmado en un movimiento político progresista, el verde’. 

Para concluir con este epígrafe, resumiría aquí el contenido de lo que considero el ecologismo con el término que tanto emplea Joan Oms i Llohis, uno de los líderes ecologistas históricos de Cataluña: eco-social. 

La relación entre ambos. 

Seguramente, las dos posiciones anteriormente mencionadas con respecto a la democracia (liberal y la de izquierda transformadora) encontrarán afines entre quienes se reivindican verdes; es más, los extremos ideológicos más distantes entre sí dentro del ecologismo tienden a dejarse inspirar, al menos en parte, por las orientaciones citadas. Por poner un par de ejemplos, podríamos hablar de Danniel Cohn-Bendit (aquel Danny ‘el rojo’ del París de Mayo de 1968), entre los exponentes del grupo que admite una posible coexistencia entre ecología, democracia liberal y libre mercado (corregido, eso sí, a través del papel de Estado y de la sociedad civil), por un lado, y Frieder Otto Wolf, personificando a los ecosocialistas, por otro. 

Estos últimos, en la obra conjunta de relevantes ecologistas europeos que se tradujo al castellano bajo el título de ‘Manifiesto ecosocialista. Por una alternativa verde en Europa’, vinculan la democracia a una amplísima idea de ‘ciudadanía integral’, de la cual se puede resaltar que: ‘La ciudadanía integral es, ante todo, una ciudadanía igualitaria, sin exclusión de ningún tipo. (...) La ciudadanía integral debe ser, en la medida de lo posible, una ciudadanía directa. El Estado moderno se basa en la delegación de poder. (...) El proyecto ecosocialista deberá asumir esta contradicción de hecho entre un Estado representativo y la democracia directa. Superarla implicará a la vez realizar una transformación de las actuales instituciones y organismos (...). La ciudadanía integral es una ciudadanía solidaria. (...) La democracia sólo puede concebirse así en perpetua búsqueda de consensos tan amplios y reales como sea posible, teniendo siempre en cuenta la existencia de disensiones, admitiendo expresiones y experiencias discrepantes. (...) La ciudadanía integral es una ciudadanía general. Frente a la separación entre una igualdad civil reconocida y una igualdad socioeconómica negada, la ciudadanía (...) no se divide. (...) Es la sociedad la que debe regular por sí misma, subordinándolas al ejercicio de la ciudadanía, la economía y la política. De ahí que la ciudadanía integral deba ser ecológica. No podrá desarrollarse más que en un conjunto de intercambios entre la sociedad y los ecosistemas cada vez más racionales, puesto que serán regulados conscientemente por las y los ciudadanos agrupados’. 

Es más, en el pensamiento verde, es idea comúnmente compartida la necesidad de supeditar política y economía al democrático ejercicio de la ciudadanía. A este respecto, Jorge Riechmann, uno de los exponentes más sólidos del ecologismo teórico en España, incluye en su libro ‘Los verdes alemanes’ un epígrafe que considero recoge una de las aspiraciones más importantes del ecologismo. Bajo el título ‘Democratizar la vida económica’, dice: 'El escritor alemán Hans-Magnus Enzensberger señaló en cierta ocasión que las economías de mercado capitalistas se encontraban (...) en un estado predemocrático (...): los cargos electos -los políticos- no tienen nada que decir en ese ámbito, y quienes tienen algo que decir -los capitalistas y directivos de empresa- no son elegidos nunca. No es una situación a la que se resignen Die Grünen. Dentro del nuevo orden económico a que aspiran, un aspecto esencial se refiere a la necesidad de una economía dirigida desde abajo por los productores y consumidores, una economía ‘democrática de base’'. En este mismo sentido, y quizás de una manera más clara para todos, se pronunciaba en un artículo de opinión el catedrático de Economía Aplicada de la UPV-EHU José Allende al decir: ‘hay que ecologizar y socializar la economía. (...) Queda mucho por hacer y la sociedad civil y sus organizaciones tienen una gran responsabilidad. No es bueno dejar a los políticos y los banqueros la iniciativa, pues el gran enemigo del Desarrollo Sostenible es el pensamiento (...) de que ‘lo que no es medible no existe’. 

Casi con toda seguridad, el grueso de los ecologistas políticos ‘huirán’ tanto de la economía de libre mercado sin control y la actual democracia liberal representativa y no participativa como de la economía plenamente estatalizada y los regímenes políticos autoritarios en que el individuo cuenta menos de lo que, supuestamente, importa la colectividad. Lo que es claro es que, en la praxis de las organizaciones políticas verdes existentes, el compromiso con la democracia debe ser fundamental, no sólo desde el punto de vista pragmático o utilitarista, sino desde el pleno convencimiento ideológico. 

Definiciones y matizaciones aparte, y al margen del grado de complejidad de estructuras y mecanismos de participación de la ciudadanía en la adopción de las decisiones de la comunidad, o de la cantidad de personas que participan -algo que, por supuesto, tiene enorme trascendencia al hablar de la democracia, pero que, en este momento, nos abstraería del tema tratado-, si que nos interesa detenernos en otra cuestión igualmente fundamental, que no es otra que la consideración, o no, de la democracia como procedimiento. 

En este punto, conviene recordar que autores ecologistas inciden no sólo en la necesidad de la democracia como conjunto de procedimientos de formación de la voluntad colectiva, sino, sobre todo, en su consideración como principio ético básico para la ecología política, como fin en sí misma. Y ello, siendo, ahora sí, instrumentalista, tanto desde el punto de vista de la participación de la mayor parte de personas posible (ampliado, según autores, a la representación de las generaciones futuras, los seres de otras especies animales y vegetales, los entes naturales inanimados e, incluso, a terceras personas no directamente relacionadas con el ámbito geográfico/político en el que se hayan de adoptar las decisiones), como, por ejemplo, para reducir el margen de error en la toma de decisiones (argumento falibilista), o, en su caso, incluso hacer viable la consecución de la sostenibilidad. 

Recurriré, una vez más, a las palabras de Francisco Garrido Peña para resumir lo que considero puede ser la postura de las y los verdes frente a la democracia: ‘La democracia es el único sistema de organización social y política que no sólo acepta la inestabilidad y la asimetría, sino que se constituye sobre el sustrato de una ontología relativista y conflictual. (...) Pero la ecología política no apuesta por cualquier modelo democrático, son muchos los usos perversos que esta palabra ha tenido como para no establecer distinciones. La apuesta de la ecología política es por la democracia entendida como forma de vida. (...) Al contrario del modelo liberal, que reduce la democracia a una serie de derechos subjetivos (de los cuales el derecho de la propiedad es el más importante) y unos sistemas técnicos de elección de los gobernantes’. 

Dicho por Andrew Dobson: ‘La importancia de la naturaleza para el ecologismo (...) no se agota en las razones por las que debemos cuidar de ella. (...) Muchas de las prescripciones del ecologismo para la organización política y social se derivan de una visión particular de cómo ‘es’ la naturaleza. (...) Éste es un mundo natural donde se da prioridad a la interdependencia sobre la competición y donde la igualdad precede a la jerarquía. (...) La diversidad debe ser, además, la palabra clave del modo de organizarnos. No sólo necesitaremos echar mano de un amplio abanico de opciones culturales y minoritarias para mejorar la calidad de nuestras vidas, sino que también tendremos que utilizar una base de poder amplia y participativa en nuestros sistemas políticos para oponernos e invertir las actuales tendencias hacia la homogeneidad, le centralización excesiva, el abuso de poder y una sociedad indiferente’. 

Realidades a las que se enfrenta la ecología política. 

Bajo este epígrafe quiero plantear, de forma sucinta, algunos de los problemas a los que en la práctica se enfrenta la ideología verde. No pretende ser una enumeración exhaustiva, sino una mera enunciación, relativamente aleatoria -guardando, eso sí, el límite de una cierta relación con el tema tratado-, para resaltar reflexiones que pueden situarnos en la realidad de la desvirtuada democracia que nos envuelve y que me preocupan. Para ello me apoyaré básicamente en las reflexiones de tres autores: Noam Chomsky, Manuel Vázquez Montalván y Enrique Gil Calvo. 

Una vez más, la amenaza fundamental es una democracia activa. (...) Es importante que sigan en la ignorancia’. Así es como se pronunció Noam Chomsky cuando analizaba la postura de Méjico -coincidente con la de los EE.UU., por otra parte- respecto al Tratado de Libre Comercio (TLC) y el GATT, y planteaba la importancia de la democratización de la economía para superar una crisis que, por extensión, podemos decir que también lo es social y ecológica. 

Respecto a este estado plenamente no-democrático de la gran economía, James Morgan, citado por Noam Chomsky, señala que las instituciones económicas mundiales creadas a raíz de Bretton Woods, a saber, el Banco Mundial, el FMI y el GATT -o su versión moderna, la OMC-, se han constituido en el gobierno mundial de facto, al margen de cualquier estructura mínimamente democrática. En este esquema, el G7 vendría a ocupar la posición de cúpula de la administración encargada de poner en práctica las políticas dictadas por ese gobierno mundial de facto que se citaba. La gravedad de esto se extrema si tenemos en cuenta el hecho de que tales políticas inducen, incluso a los gobiernos que sí son electivos, a adoptar determinadas medidas concretas en sus propios ámbitos geográficos de actuación. 

En el mismo sentido, Enrique Gil Calvo, en el artículo periodístico ‘La democracia defectiva’, explica que ‘la última cualificación reconocible es la democracia por defecto o democracia defectiva, según concepto de Giorgio Alberti que podemos aplicar para describir no tanto el déficit democrático, o la democracia defectuosa por incompleta o pendiente de consolidar, sino la democracia residual o restante que resulta tras descontar o deducir el efecto causado por el absentismo cívico y la abstención electoral’. Éste es, posiblemente, otro de los mayores problemas a los que se enfrenta la ecología política -y no sólo la democracia- en su lucha por una sociedad sustentable y es que, por otro lado, ‘tampoco cabe esperar que el progreso económico mejore las cosas, pues, según señala O’Donell, no hay ninguna senda unilineal que conduzca hacia el civismo pleno. Por el contrario, todo hace pensar que la nueva cultura global, a la vez teledirigida y neoliberal, exacerbará los peores defectos inciviles de la democracia delegativa, hasta que no aprendamos a refundarla sobre nuevas bases ciudadanas’. 

Una trilogía cualquiera se podría completar con el hecho de que ‘hoy buena parte del esfuerzo de la cultura política dominante se aplica a desacreditar la existencia y necesidad de la finalidad, más allá de la simple gestión bondadosa de los planes más inmediatos y posibles’, tal y como recordaba Manuel Vázquez Montalván. ‘Cunde la idea de la democracia más como una causa que como una consecuencia. No es una formulación inocente. (...) Basta consagrar e instalar en el mundo entero la idea de la democracia para que de ella misma se deriven en libertad unas relaciones justas, una correlación de fuerzas equilibrada entre los individuos, de los individuos con la sociedad y entre las sociedades. Mediante este juego libre de oferta y demanda, de relación libre entre los fuertes y los débiles, el propio sistema democrático (...) equilibrará los emergentes y los sumergidos, los triunfadores y los marginados, el Norte y el Sur; y bajo este principio ético se está preparando (...) el famoso nuevo orden internacional’. Pero, ‘¿se puede esperar que el político médium, ese sacerdote imbuido de propias razones de carácter profesional y corporativo, plantee la necesidad de modificar la finalidad del sistema y ayudarnos a salir del planeta de los simios que él ha contribuido a establecer?’. 

La pregunta final que se nos plantea es ‘hasta qué punto, cuando hay una delegación del poder hacia el especialista y la sociedad civil abandona la tarea de detectar sus propias necesidades, no se está creando también una atrofia del propio juego democrático y una instalación en lo que podríamos calificar, ahora sí despectivamente, una democracia formal, así en las democracias entonces llamadas populares, como en las otras’. Muchos pensamos, con Vázquez Montalván, que ‘democracia profesionalizada versus democracia participativa, ésta es, si no la cuestión, si una de las cuestiones fundamentales’. 

Para concluir, tan sólo unas reflexiones. 

Este post ha pretendido ser no sólo una recensión en sentido estricto de la lectura recomendada, sino, más bien, un cúmulo de reflexiones personales más o menos ordenadas a partir de la excusa que ofrecían los diversos autores compilados en el volumen por Doherty y De Geus. Como se puede apreciar -al margen ya de las interesantes reflexiones de quienes participan en la obra colectiva ‘Democracy & Green Political Thought. Sustainability, Rights and Citizenship’-, se concibe pensamiento político verde como sinónimo de ‘ecología política’, es decir, esa ideología en pleno proceso de formación en la que, partiendo, eso sí, de cuatro pilares fundamentales (solidaridad, ecología, paz y democracia), no caben, en mi opinión, las formas ambientalistas o conservacionistas. 

El ecologismo político o, lo que es lo mismo, la cualidad de verde strictu sensu, vendría motivada no sólo por unas reflexiones lógicas y pausadas sobre la naturaleza, el ser humano, las relaciones de éste con la primera, o las que entre estos se pudieran establecer, sino, fundamentalmente, por una fuerte componente ética y el consiguiente compromiso para con lo ‘ajeno’, algo que bien a las claras se ejemplifica con la preocupación por el medio, los otros seres humanos y no humanos, y las generaciones futuras; en definitiva, la solidaridad como elemento motor. Ahora bien, lógicamente, el sentido común hace imprescindible trascender la mera filosofía. Nada que no resista el embate de la realidad sirve para mucho en un mundo en el que los problemas cotidianos pueden llegar a abrumarnos. Y es en este punto donde quiero destacar que, a diferencia de lo que en innumerables ocasiones se achaca a las y los verdes (bien por ignorancia, comprensión errónea de lo que supone el ecologismo político, o, incluso, animadversión), quienes militan en este ‘movimiento’ -entendido esta vez en sentido amplio, no circunscrito solamente al aspecto político partidario- demuestran día a día que la ‘ecología’ es algo más que pájaros y flores. ... O eso se presume.

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Comentarios(6) »

  1. El Rul — 12-09-2007 - 11:43:19 GMT 2

    "Nada que no resista el embate de la realidad sirve para mucho en un mundo en el que los problemas cotidianos pueden llegar a abrumarnos"
    -Creo recordar que algún filósofo se preguntaba cómo meditar sobre la angustia existencial de Sartre cuando acabas de recibir el recibo de la luz y no tienes dinero para pagarla.

    "la ‘ecología’ es algo más que pájaros y flores"

    -Certero cual Guillermo Tell

  2. Oikos — 26-09-2007 - 23:42:15 GMT 2

    Bueno, bueno, por fin alguno más se atreve a opinar. Recuérdame 'El Rul' que te pague el primer zurito cuando te dignes a visitarnos.

    De lo que algunos tratamos, seguramente con poca fortuna a la luz de los resultados, es de que la ecología política trascendiera esa imagen de papanatismo que muchas veces nos pudimos ganar a pulso, muy merecidamente en el caso de algunas personas, injustamente en el caso de otras muchas, pero sí, ganada a pulso si contemplamos el conjunto. Precisamente es la literatura sobre esta ideología lo que haría falta difundir con mayor énfasis para saber realmente de qué se trata, máxime ante la oleada de aquellos a los que Dobson califica de 'verdes claros', sobre cuyo compromiso con la ecología política yo no tengo duda: simplemente carecen de él (léase esotéricos y afines).

    Una vez conocido, que cada cual lo critique a su gusto.

  3. El Rul — 11-10-2007 - 13:21:55 GMT 2

    ¿Que son verdes claros? ¿Son esos del buen rollito que sacan la bici el día sin humo y luego cada día usan el 4x4?¿o los de la fotico plantando un arbolito?

  4. Oikos — 14-10-2007 - 00:30:31 GMT 2

    Pues 'verdes claros' son, en la clasificación que hace Andrew Dobson, lo que los británicos llaman environmentalists y que en castellano podríamos denominar conservacionistas. Por poner un ejemplo.
    O sea, quienes no participan de la Ecología Política como una ideología y, por lo tanto, al igual que todas las demás ideologías, como un universo político, con sus descripciones y prescripciones de pretensión holística (por mucho que esto suene a sectario, que la verdad es que tal suena), sino que piensan que basta con salvar a Willy (por lo de la ballena), plantar árboles o fumarse sus hojas, manifestarse contra los toros, ... para ser ecologista político.
    Y los mencionados ni tan mal, porque hay quienes, incluso, piensan que se puede ser socialista, socialdemócrata, conservador o liberal y, simultáneamente, ecologista. Cosa tan viable, de serlo, como ser nacionalista y libertario, o socialdemócrata y conservador, a un tiempo.
    Yo nunca he creído en los tipos ideales puros, ni para esto ni para ninguna otra cosa que pueda recordar, pero qué menos que tener las cosas mínimamente claras.

  5. El Rul — 18-10-2007 - 23:22:49 GMT 2

    Perfectamente aclarada la duda.

  6. oikos — 23-04-2008 - 01:17:52 GMT 2

    Desgraciadamente creo que no está publicado más que en lengua inglesa y, al menos el que yo tuve oportunidad de leer, estaba importado de Londres, si bien hoy es fácil hacer un pedido a la editorial o a un distribuidor por internet. Puede que incluso lo encuentres a buen precio en Amazon.com de segunda mano. Yo ya lo he hecho alguna vez desde los EE.UU. y no ha habido problema ninguno, recibiendo un ejemplar de segunda mano a buen precio en perfecto estado. Suerte.

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