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Hemeroteca: 'El conflicto' o los conflictos vascos: mitos y realidades.

Por Koldo Unceta, profesor de la UPV/EHU. Este texto, publicado en el nº 65 de la revista Bake Hitzak, editada por la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria, se reproduce literalmente de aquélla gracias a la expresa autorización que en la misma se recoge.

1. A la hora de reflexionar sobre la separación de conflictos hay algo que llama poderosamente mi atención. Considero que Euskadi es una sociedad bastante conflictiva, en el sentido de que en su seno se han dado a lo largo de las últimas décadas conflictos de bastante intensidad y de muy diverso signo: laborales, medioambientales, de género, lingüísticos, etc. Sin embargo, y pese a ello, es muy llamativa la facilidad con que algunos han logrado que se hable del 'conflicto vasco' en singular, como algo que no necesita siquiera ser razonado y, lo que es peor, como algo que explicaría sin más la pervivencia de un fenómeno tan grave como la violencia terrorista.

De ahí que sea interesante analizar esta aparente contradicción, intentar desbrozar el terreno, separar el gano de la paja, y tratar de clarificar un poco el panorama.

Comenzaré señalando que, en mi opinión, lo que caracteriza a la vida social y política en el País vasco es la superposición de diferentes conflictos que, entremezclándose entre sí e influyéndose mutuamente, enredan y complican los diagnósticos, circunstancia que es aprovechada por algunos para manipular la realidad y acomodarla a sus intereses. Pero, en todo caso, debo subrayar de entrada que si algún conflicto de los que afectan a la sociedad vasca merece ser singularizado, y requiere ser destacado por su gravedad ese es el provocado por la violencia. Ese es sin duda el conflicto por antonomasia, el que a lo largo de los años ha generado centenares de víctimas, ha destruido vidas y familias, ha producido un infinito sufrimiento, ha dividido y desgarrado a la sociedad, ha impedido a muchos miles de jóvenes desarrollarse con libertad -incluyendo a muchos que han acabado engrosando las filas de los violentos-, y que aún hoy mantiene amordazada a buena parte de la población en muchos pequeños pueblos de Euskadi.

Digan lo que digan quienes defienden la existencia de un conflicto secular entre Euskadi y España, no hay en el País vasco mayor enfrentamiento, confrontación más intensa, colisión social más grande, que la generada por la violencia terrorista. Ningún conflicto como el de la violencia produce en la sociedad vasca tal grado de intensidad emocional, tal nivel de indignación, de dolor, o de rabia. Porque lo que el terrorismo plantea es una confrontación abierta entre quienes desean imponer sus ideas por la fuerza, disponiendo a su antojo de la vida del resto, y quienes ven en la democracia -por imperfecta que sea ésta- el único instrumento posible para contrastar los proyectos políticos y dirimir las diferencias existentes en la sociedad.

Para poder entender la gravedad y el alcance ético y político del desafío planteado por los violentos es importante que no se mezcle este conflicto con ningún otro, y que no se interprete a la luz de nada que no sea la voluntad de algunos de imponer sus ideas por la fuerza. La violencia terrorista no es la consecuencia inevitable de ningún otro conflicto social o político, sino la expresión de un fenómeno prepolítico, que tiene su origen en la libre decisi´n de quienes eligen utilizarla.

Dicho esto, me parece necesario analizar diversos aspectos de la articulación existente, tanto en el discurso de la denominada izquierda abertzale como en su propia práctica política, entre el fenómeno de la violencia terrorista y otros problemas existentes en nuestra sociedad.

2. Comenzaré aludiendo en primer lugar a un conflicto que, en mi opinión, es bastante menos de lo que parece y que, en algunos aspectos, tiene más de virtual qe de real. Me refiero, claro está, al invocado por los violentos como el Conflicto con mayusculas, como la madre de todos los conflictos: aquél que históricamente ha venido planteándose desde el nacionalismo vasco como el enfrentamiento secular entre Euskadi y España, y que sería la consecuencia de la violación del derecho de la nación vasca a constituirse como Estado. Esta peculiar forma de ver la realidad se expresa de muy diferentes maneras que van desde los discursos más gruesos que hablan de España como potencia colonial que mantiene en Euskadi 'sus fuerzas de ocupación', hasta quienes, de forma más matizada, sitúan el Conflicto en la imposibilidad jurídica de decidir de forma libre y soberana sobre las relaciones del País vasco con el resto del estado español.

Para los defensores de esta idea, en cualquiera de sus versiones, la mayoría de la sociedad vasca vive conflictivamente el actual estatus político de Euskadi. Siguiendo el argumento, esa vivencia conflictiva sería la causante de un malestar social, que algunos atribuyen por extensión al conjunto de la población, constutuida como un sujeto uniforme denominado pueblo vasco. Y es precisamente ese contexto, ese malestar de un pueblo vasco homogéneamente constituido -la escasa adhesión o la discrepancia con esa idea sólo serían reflejo de una menor conciencia nacional que habría que ir corrigiendo-, que se siente enfrentado globalmente a España, el que explicaría el surgimiento de personas dispuestas a utilizar la violencia como respuesta, como instrumento para poder avanzar en una 'liberación nacional' imposible de alcanzar por otros cauces.

Se trata, en mi opinión, de un análisis muy poco consistente, por razones bastente obvias. Por un lado, y sin negar el ideal independentista que tiene una parte de la población, todas las encuestas sociológicas revelan el alto grado de satisfacción vital de la sociedad vasca, y una percepción muy generalizada del elevado nivel de bienestar existente, sin que el potencial descontento con la pertenencia a España parezca empañar demasiado esa complacencia mayoritaria. Por otra parte, la mayor parte de quienes pueden sentir con disgusto su condición de ciudadanos españoles no parecen vivir ansiosamente esa situación, sino que, por el contrario, disfrutan con normalidad de la vida cotidiana, tomando potes, cenando en las sociedades, yendo al fútbol, saliendo al monte, o pasando sus vacaciones en la segunda residencia que tiene en Cantabria, en La Rioja, o en Benidorm. Honestamente, no creo que haya mucha gente que se acueste por las noches preocupada por el conflicto que tiene con España. Más bien al revés, sólo una minoría muy fanatizada es capaz de vivir ese asunto con el apremio y la angustia de quien siente que le va la vida en ello.

Si realmente existiera ese pueblo vasco unido en torno a un ideal independentista, o autodeterminista, nadie podría, en la Europa actual, limitar por la fuerza esa voluntad. Pero el terrorismo no responde a la existencia de una amplia mayoría social a favor de la independencia o de la autodeterminación, no correspondida por las autoridades españolas. Si fuera cierta esa clara voluntad, bastaría con paralizar el país durante varios días, o con realizar un llamamiento para que toda la sociedad votara a partidos independentistas. Si el país vasco fuera como algunos pretenden hacernos creer, sería imposible, por ejemplo, que en la capital del territorio más nacionalista -Gipuzkoa- las fuerzas que no lo son obtuvieran -como acaba de ocurrir- el 60% de los votos (contabilizando incluso todo el voto nulo como voto nacionalista). El terrorismo de ETA responde precisamente a lo contrario de lo que nos quieren hacer creer: a que no exise en modo alguno esa clara voluntad mayoritaria y tratan, en consecuencia, de imponerla por la fuerza, provocando el desistimiento de quienes se oponen a sus planteamientos.

En estas circunstancias, la pregunta surge de manera obligada: ¿por qué entonces tiene tanto predicamento esa idea, más allá del mundo de ETA y Batasuna? La respuesta a esta cuestión tiene mucho que ver, en mi opinión, con las posiciones que históricamente ha defendido a este respecto la mayoría del nacionalismo vasco. Es bien cierto -y debe reconocerse así- que la gran mayoría del nacionalismo vasco rechaza la utilización de la violencia, bien por razones éticas, bien por considerarla políticamente perjudicial, o por ambos motivos a la vez.

Sin embargo, muchos de los que no están dispuestos a matar o a morir en nombre del pueblo vasco -y que incluso se horrorizan de que otros si lo hagan- hacen suya la teoría del Conflicto como explicación de la persistencia del fenómeno terrorista. Son muchos quienes, desde el nacionalismo vasco, lamentan y condenan la violencia, pero la explican como una consecuencia casi inevitable del Conflicto con mayúsculas, el que enfrenta desde hace siglos al pueblo vasco con España. La tantas veces repetida frase de que 'nadie piense que acabando con ETA podrá acabarse con el conflicto vasco' refleja con bastante nitidez este punto de vista.

Y creo que esta peculiar visión de las cosas tuvo mucho que ver en el surgimiento, hace ya bastantes años, de una versión de la idea de la normalización entendida como el establecimiento de un nuevo marco político, planteado como imprescindible para el logro de la pacificación.

3. Me referiré, en segundo lugar, a un conflicto que sí es real y que se da, no entre España y Euskadi, sino en el seno de nuestra sociedad, entre diferentes maneras de concebir y sentir lo vasco: es el conflicto identitario. A mi modo de ver, tiene cierta importancia caracterizar este asunto, pues condiciona en buena medida la lectura y comprensión de otros. Quienes defienden la teoría del Conflicto comentada en las líneas anteriores, parten de la existencia de un pueblo vasco dotado de una identidad propia y diferenciada, enfrentado a un Estado español que niega o limita sus derechos. Sin embargo, si observamos la realidad de la sociedad vasca, es fácil concluir que existen identidades múltiples y compartidas y que, en todo caso, le percepción de la propia identidad no es algo inmutable e impermeable a los cambios de la historia, sino algo en constante evolución.

Por ello, reconociendo que existe un conflicto identitario en Euskadi, es preciso dejar dos cosas claras: La primera es que se trata de un conflicto entre vascos. La historia de los últimos siglos ha ido conformando una sociedad vasca muy compleja, en la que conviven diferentes sensibilidades, cuya expresión es, además, muy distinta en unos y otros territorios. No es la misma la precepción de la propia identidad existente en unas provincias que en otras, o en determinados pueblos que en los grandes núcleos urbanos.

Y la segunda cuestión a resaltar es que buena parte del conflicto identitario existente, se deriva del intento de imponer una identidad sobre las demás, lo que provoca reacciones defensivas por parte de quienes ven amenazada la suya. Esto ya sucedió durante el franquismo, con el intento de borrar del mapa algunos rasgos identitarios y culturales de la sociedad vasca, y vuelve a suceder ahora cuando, desde algunos ámbitos, se intenta imponer una única manera de entender la identidad vasca.

Es preciso volver a recordar que el conflicto identitario no es exclusivo del País Vasco, sino que se da también en muchos otros lugares, siendo de la máxima importancia poder encauzarlo democráticamente. Pero lo llamativo del caso vasco es la manipulación existente, que pretende presentarlo como una confrontación entre los de fuera y los de aquí, cuando se trata de un conflicto interno entre vascos, entre diferentes maneras de ver la realidad social, la cultura y la propia identidad. El resultado de todo ello es la distorsión de un conflicto real -el identitario- para convertirlo en uno virtual -el enfrentamiento entre el pueblo vasco y España- lo que sirve de paso para explicar, cuando no justificar, lo que constituye el verdadero problema: la violencia terrorista.

4. Pero no acaba ahía la confusión, pues el enorme embrollo generado en torno a la violencia de ETA y a la justificación de la misma, se nutre también de otros asuntos. Por ello, quisiera referirme, siquiera brevemente, a algunos temas conflictivos que han venido marcando a una parte de la sociedad vasca, que son consecuencia de algunos aspectos de la lucha antiterrorista, y que han sido incorporados al discurso de los defensores de la teroría del Conflicto, como parte esencial del mismo. Me refiero, claro está, a aspectos de la política antiterrorista que son repudiados por buena parte de la población de Euskadi, y que contribuyen a deteriorar los consensos existentes sobre el rechazo a la violencia. Algunos ejemplos de este asunto serían el cierre de Egunkaria, la Ley de Partidos, o más recientemente, el caso De Juana.

Parto de la idea de que, más allá del ámbito estricto de los partidos políticos existe, en mi opinión, un amplio consenso social sobre algunos aspectos claves de la lucha antiterrorista, en la medida en que son fácimente comprensibles para la mayoría de la población. Así por ejemplo, la mayoría de la gente entiende y comparte que quienes matan, amenazan, y extorsionan, están cometiendo un delito, por el que deben ser detenidos y castigados. Hoy en día, y gracias en buena medida al trabajo llevado a cabo desde hace muchos años por algunos movimientos como Gesto por la Paz, la mayor parte de la ciudadanía ha interiorizado que no hay justificación política alguna para la violencia y que, por consiguiente, quienes la practican son delincuentes, con independencia de los discursos que invoquen. Es verdad que todavía hay sectores de la población que no lo ven así, pero en la actualidad son claramente minoritarios.

Este consenso social, que ha ido gestándose poco a poco, es de gran importancia pues es el que permite enfrentar racionalmente la anteriormente citada teoría del Conflicto, desde la convicción de que sólo los cauces democráticos sirven para encontrar soluciones a los problemas sociales, sean estos los que sean. Por ello, este consenso social forjado sobre la deslegitimación de la violencia es el principal activo con que contamos para enfrentar el terrorismo.

Sin embargo, hay aspectos de la lucha antiterrorista que, lejos de generar nuevos consensos, socavan los ya existentes, a la vez que provocan división social y originan nuevos conflictos. Entre ellos podríamos citar la política penitenciaria seguida en los últimos años. Es un hecho constatado que una buena parte de la ciudadanía vasca no entiende que los presos de ETA tengan que estar en prisiones tan alejadas de sus familias, y les parecería más lógico que cumplieran condena, sí, pero en centros algo más cercanos.

De la misma manera, gran parte de la población de Euskadi tampoco entiende ni comparte la necesidad de buscar y fabricar pruebas, como se planteó en el caso De Juana, para alargar una condena ya cumplida, opr muy siniestro que resulte el personaje. Lo mismo podríamos decir del cierre de Egunkaria o de la Ley de partidos, en donde la actuación contra quienes tienen una implicación probada en actividades delictivas se sustituye por una acción general que limita los derechos de muchas personas que, más allá de las simpatías que profesen, no tienen ningún cargo en su contra por parte de la justicia. Y todo ello, claro está, sin mencionar las actuaciones ilegales y delictivas llevadas a cabo en nombre de la lucha antiterrorista, como la guerra sucia, o la práctica de la tortura.

Todas estas cuestiones, lejos de generar consenso y sumar fuerzas a la lucha contra el terrorismo, lejos de fortalecer la posición de quienes se oponen a la utilización de la violencia, son el origen de nuevos conflictos, que son hábilmente aprovechados por ETA y sus entorno desde la explotación del victimismo. Cada actuación de este tipo cometida en la lucha antiterrorista genera un nuevo conflicto en la opinión pública y en las calles que tiene una doble consecuencia: por un lado, alimenta el discruso de los violentos sobre la ausencia de un marco realmente democrático, favoreciendo la incorporación de nuevos adeptos a su causa; y por otro lado, deteriora muchos consensos largamente trabajados sobre la necesidad de aislar la cultura de la violencia.

Se trata en definitiva de actuaciones que, lejos de debilitar el terrorismo, contribuyen muchas veces a reconstruir puentes, lazos y complicidades que la acción criminal de ETA se había encargado de romper, o cuando menos de deteriorar.

5. En las líneas anteriores he tratado de dibujar a grandes rasgos un panorama caracterizado por la existencia de un conflicto violento -que por su naturaleza y su significación ética y política merece un tratamiento diferenciado-, y por otros asuntos má o menos conflictivos que suelen presentarse normalmente entremezclados con aquél. El discurso político de ETA, expresado a través de cualquiera de las organizaciones que forman parte de la galaxia de la llamada izquierda abertzale, descansa en el falseamiento de estos asuntos, en la utilizaciòn de unos y otros según su conveniencia, y en la presentación de los mismos como parte de un problema global que afecta a la sociedad vasca y que sólo la propia ETA a través de sus acciones esté en condiciones de resolver.

El esquema resultante de este discurso es bastante simple y podría resumirse más o menos así: existe un conflicto político entre España y el pueblo vasco, como consecuencia de la negación de la identidad de este último y de su derecho a decidir. La violencia no es sino el reflejo de la imposibilidad solucionar este conflicto por métodos democráticos. Además, la política penitenciaria, la Ley de Partidos, y determinados recortes de libertades, prueban la ausencia de voluntad para una solúción democrática y pacífica, y no dejan otra opción que el recurso a la violencia. Además, es preciso señalar que este discurso se combina hábilmente con otros dos asuntos: 1) la manipulación de diversos conflictos sociales existentes en Euskadi, y especialmente de aquellos en los que participa un mayor número de jóvenes; y 2) la utilización, en beneficio de la propia ETA, de los conflictos por el poder que se plantean entre las distintas fuerzas políticas democráticas.

Todo ello ha dado lugar a un panorama sumamente complejo, en el que unos temas inciden en los otros, y en el que ETA se ha venido desenvolviendo con cierta comodidad, en la medida en que ha sabido instrumentalizarlo en beneficio propio. Y el resto, ¿qué podemos hacer ante esta situación? A continuación, y para terminar, planteo algunas reflexiones y propuestas al respecto:

· Lo primero y más importante es sin duda la deslegitimación de la violencia, la negación de ésta como instrumento válido para el logro de objetivos políticos. Ello implica una actitud de principio, contraria a la justificación de cualquier acto violento, con independencia de las ideas que digan defender quienes los ejecutan.

· Lo segundo que debería hacerse es tratar de, en la medida de lo posible, separar el ámbito político del intelectual a la hora de analizar y estudiar el fenómeno de la violencia. Los comportamientos violentos pueden, desde el punto de vista intelectual, tener muchas explicaciones (sociales, históricas, psicológicas, etc.) pero sería conveniente que las mismas no formaran parte del debate político, dado el riesgo de transformarse en justitifaciones.

· En tercer lugar es absolutamente necesario un acuerdo de todos los partidos democráticos para desvincular el debate político de la lucha antiterrorista. Es imprescindible que toda la sociedad interiorice y haga suyo que no hay precio político alguno que pagar a ETA y, al mismo tiempo, que ETA no puede condicionar el debate político entre los demás. En este sentido no estaría de más abandonar la idea de la 'normalización' entendida como expresión de un acuerdo político vinculado al fin de la violencia.

· Otro asunto: podría ser bastante recomendable dar la batalla del lenguaje, rechazando una terminología que, en sí misma, pretende servir para legitimar la violencia. Es importante subrayar a este respecto que aquí no hay un conflicto social, sino muchos: hay conflictos económicos, medioambientales, de género, identitarios, etc. Por ello, no debería aceptarse la idea de un Conflicto vasco con mayúsculas, a no ser que nos refiramos a la violencia. Los demás, incluido el identitario, son conflictos presentes en muchos lugares, sin que ello dé lugar necesariamente al uso de la violencia terrorista.

· En quinto término, sería necesario un acuerdo democrático en materia de política antiterrorista que descanse en la persecución del delito, en cualquiera de las variantes tipificadas del mismo, evitando actuaciones de carácter general que pueden lesionar los derechos de personas que no han infringido la ley, independientemente de las simpatías que profesen las mismas.

· Paralelamente a lo anterior, es conveniente un amplio acuerdo para hacer frente a la cultura de la violencia, comenzando por los centros escolares y abarcando el máximo de ámbitos sociales. Es preciso que quienes aún simpatizan con ETA y 'comprenden' o justifican la violencia, vean que la sociedad rechaza y desprecia cualquier comprensión del terrorismo. Ahora bien, es de la máxima importancia no mezclar el ámbito de la acción judicial y policial -que debería tener como límite el código penal- con el de la acción social contra el terrorismo.

· Por último, sería muy conveniente ensanchar la democracia y favorecer el debate y la participación social en todas aquellas cuestiones que preocupan a la gente, evitando comportamientos autoritarios en el tratamiento de algunos temas, que puedan contribuir a su utilización y manipulación por parte de los violentos como ha venido ocurriendo con frecuencia a lo largo de los últimos años.

Antes de finalizar quiesiera llamar la atención sobre la creciente dificultad de ETA para justificar su existencia sobre la base de la teoría del Conflicto, en la medida en que ello choca con los sentimientos y con la percepción de la realidad de la inmensa mayoría de la sociedad vasca. Por eso, hace tiempo que ETA se presenta y se perpetúa a sí misma como la principal prueba de la existencia de ese Conflicto. En el fondo, son conscientes de que si ellos desaparecen, los asuntos relativos al estatus político del País Vasco -aparentemente tan trascendentes- tendrían menos proyección de la que tiene en otras realidades como, por ejemplo, la catalana.

Por ello, resulta de la máxima importancia deslegitimar la violencia en sí misma, evitando transitar por los caminos de la confusión conceptual a la que lleva inevitablemente la mezcla -casi siempre interesada- de problemas y conflictos de muy diversa naturaleza e intensidad.

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