El próximo Jueves, día 4 de Diciembre, se celebrarán elecciones en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, de la que participo como alumno, e iré a votar.
Ni que decir tiene que, en mi opinión, el mero hecho de ir a votar supone ya un enorme compromiso con ésta, nuestra Universidad, donde los alumnos pintamos poco más o menos que una mierda, máxime si para ejercer mi derecho democrático en una institución cuyo sistema no es realmente representativo, y sí muy estamental, ... bueno, no sé, o irregularmente representativo de los estamentos que de ella participan, dejaré de ir a comer o mal comeré en cualquier tasca algo rápido y, probablemente, lleno grasas monoinsaturadas, colesterol de baja densidad, ... vamos, cojonudo para mi provecta edad.
Nunca en mi vida, desde el mismísimo día en que cumplí 18 años y deposité mi voto en tres urnas diferentes de manera casi simultánea (haberlo hecho a un mismo tiempo hubiera supuesto un notable ejercicio de habilidad con extremidades superiores e inferiores a un tiempo, cosa más propia del circo que de algo tan importante como elegir representantes en las instituciones representativas), he dejado de emitir mi voto en unas elecciones a Juntas Generales, Ayuntamiento, Parlamento Vasco, Cortes Generales o Parlamento Europeo, incluso si ello supuso durante algunos años tener que desplazarme más de 100 kilómetros a tal fin y, lo que más me jode, tener que entregar mi voto y no poder depositarlo directamente si a la presidenta de mesa no le salía de las narices dejarme meterla (la papeleta, claro está). En el caso de la Universidad no ha podido ser así siempre (son las cosas que tiene ser un estudiante trabajador), pero, como decía, también este año haré el esfuerzo de mal o no comer para depositar votos que, a las claras está, poco van a servir para hacer de la Universidad un ámbito de mayor ejercicio de la Democracia o para paliar el notable corporativismo profesoral, que entiendo condiciona y lastra, desgraciadamente, en muchas ocasiones, las posibilidades de mejora de la que debiera ser la institución académica de referencia.
Y retomando la cuestión de la representación estamental en la Universidad, no estaría de más recordar que, para la elección de su máximo representante institucional, la persona que ostentará el Rectorado en los próximos años, se instauran hasta cuatro estamentos diferentes, a saber, profesores doctores con vinculación permanente, otro personal docente e investigador, personal de administración y servicios (PAS) y alumnado, en proporciones de voto ponderado del 51, 18, 11 y 20 por ciento respectivamente, para unas cifras de 1.986, 2.989, 1.708 y 45.553 personas en cada segmento. Pues bien, si tomamos como referencia al grupo más numeroso para asignar peso al voto del resto de personas participantes, comprobamos cómo el voto de un alumno equivale a un peso porcentual del 0,000439 sobre el total, en tanto que el de un profesor doctor con vinculación permanente equivale al 0,0256798%, es decir, 58 veces y media más que el de aquel, lo que, en los restantes supuestos, se convierten en 14,67 veces para PAS y 13,72 veces para los demás docentes e investigadores. Notablemente proporcional como se aprecia a simple vista.
[¡Vaya!, no hay mal que por bien no venga. Acabo de decidir que, si algún día se me cruza el cable y decido preparar una tesis doctoral versará sobre la calidad de la Democracia en la Universidad, pues veo que hay tema.]
A mí, la verdad sea dicha, me recuerda esto más a los Estados Generales del ancien régime, si bien no es menos cierto que, dos siglos después de la Revolución Francesa de 1789, ser alumno da la sensación de que imprime incluso menos carácter que el ser populacho del tercer estado en tan remotas fechas (-qu'est ce que c'est?, c'est merdé!, preguntaba la nobleza, la Revolución Francesa, ...- que cantaban los añorados La Trinca). ¡Coño, que se me olvidaba que lo que imprime carácter es el bautismo para los cristianos, no el derecho al voto para los alumnos!, de hecho, el artículo 23 de la Constitución Española de 1978 tan sólo habla de que el sufragio sea libre, periódico y universal, y esas tres condiciones casi se cumplen, ¿o no?. En fin, qué más da, ... tan sólo somos el cuarto estado.
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