El ámbito regional en la política comparada europea (V): El caso de Finlandia.
Finlandia. Un ejemplo de Estado unitario.
Finlandia suele ser someramente analizada, en el seno de un imaginado bloque de países escandinavos, siguiendo el esquema de lo que se denomina ‘modelo escandinavo’, que, en palabras de Esther del Campo, se caracteriza por una “política de consenso compatible con un marco constitucional de tipo Westminster” (Alcántara, 2000: 501), aunque ella misma la define como un ‘caso desviado’, pues “si bien es cierto que los países escandinavos poseen determinadas afinidades históricas, geográficas, sociales y culturales, existen también importantes diferencias” (Alcántara, 2000: 181). Entre las diferencias obvias se encuentran el hecho de que Finlandia es una República, frente a las Monarquías parlamentarias noruega y sueca, o que, desde la primera Constitución independiente de 1919 –en realidad cuatro leyes que constituirían un ‘bloque constitucional’- hasta la aprobación de la nueva Constitución en 1999, los fineses tuvieran un sistema político semipresidencialista caracterizado por una presidencia –según los momentos y la personalidad del máximo mandatario- activa y potente, con competencias especialmente en materia de acción exterior, que se imponía al Gobierno o, incluso, llegaba a sobreponerse al Parlamento cuando este era débil por la fragmentación y la ausencia de mayorías directoras de la política del país. De hecho, el presidencialismo se acentuó con la reforma de su modo de elección, pasando de la elección ‘popular’ indirecta a través de un colegio de trescientas personas al sufragio universal y directo, pues en ese momento los partidos adecuaron sus estructuras para potenciar el liderazgo en la búsqueda de mayorías, lo que a su vez afectó al parlamentarismo.

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